Artículo en detalle

Nº: 264   Octubre  2017


Un nuevo atlas crítico de 'Le Monde diplomatique'

 

La economía como nunca se la han explicado

 

Renaud Lambert  

Hélène Richard  

 

Este mes ha llegado a los kioscos el “Atlas de economía crítica” de Le Monde diplomatique. En 2015, el primer opus de esta colección se dedicó a la historia. En esta ocasión se trata de aclarar las bases y los objetivos de una disciplina de poder, la economía, cuyos principios gobiernan diversos aspectos de nuestras vidas. Esta obra tiene como objetivo la comprensión para la actuación: la batalla de las ideas se abre a todo el mundo cuando se realizan esfuerzos para conjugar la preocupación por la escritura, el rigor de las palabras, el sentido de las imágenes, la pedagogía y la perspectiva histórica. Esta es la finalidad del atlas.

 


 

 

 

A los liberales no les agradan los seres humanos tal y como son: demasiado imprevisibles, movidos por pasiones oscuras. Por eso inventaron al individuo neoclásico. Desprovisto de cultura y de afecto, este individuo no experimenta ningún tipo de sentimiento: no siente amor, odio, solidaridad, y mucho menos abnegación. Permite la realización de estudios científicos de laboratorio sobre el funcionamiento del mundo sin que sea necesario pensar en la historia, la geografía o las emociones. Realicemos una pequeña inmersión en el misterioso mundo de la economía predominante.

A Rémi, un habitante de esta singular comarca neoclásica, le encanta comer pizza, lo cual, a priori, no es nada extraño. Salvo que el hambre de los individuos neoclásicos no conoce la saciedad que ellos mismos incrementan. No importa si Rémi ya devoraba tres pizzas al día antes de ganar la lotería: como buen neoclásico, aprovecha su repentina fortuna para entregarse un poco más todavía a los placeres de la gastronomía italiana.

En el mundo de la economía neoclásica, el mercado plantea los mismos problemas que en cualquier otra parte. Pero también propone soluciones. Poco importa que la búsqueda de beneficios implique extraer desenfrenadamente materias primas, dañando así el medio ambiente. En este caso, la transformación de la naturaleza en mercancía representa la mejor respuesta a las derivas que ha engendrado: cuanto más disminuyen los recursos, más aumenta su precio y menos interesante se vuelve explotarlos. En definitiva, la contaminación actuaría como antídoto contra la propia contaminación…

Las normas básicas de la aritmética también se tambalean cuando nos adentramos en tierras neoclásicas. Resulta que, en esos lugares, las sumas se comportan como restas. En materia de impuestos, por ejemplo. Por lo general, cuando se aumenta los tipos impositivos de retenciones obligatorias, también aumentan los ingresos del Estado. En el entorno neoclásico, por el contrario, el resultado es… su reducción, ya que diversos mecanismos de evasión y de exenciones fiscales permiten que los contribuyentes puedan rehusar el pago de impuestos, considerados de repente demasiado elevados. La sensatez local aboga, pues, por el mantenimiento de la mayor prudencia posible en este tema.

 

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El mundo de la economía neoclásica, con una lógica a veces desconcertante, dista totalmente del mundo real. Sin embargo, la mayoría de los dirigentes occidentales se valen de sus reglas para justificar las decisiones que toman: desregulación, privatizaciones, abandono de las políticas públicas a merced de las “fuerzas del mercado”–en definitiva, la realización del proyecto neoliberal–. Un ejemplo de esto fue el caso de Grecia, cuando sus observaciones del extraño universo neoclásico lograron convencer a los miembros de la troika (Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea y Banco Central Europeo) de que se podía resucitar a las víctimas de asfixia a través de la estrangulación.

Sin embargo, Grecia pertenece al mundo real y la receta neoclásica provocó que la deuda incrementara. ¿Podía sorprendernos esto realmente teniendo en cuenta que las mismas prescripciones ya causaron las mismas aflicciones en América Latina hace treinta años? El fracaso del método plantea un interrogante: ¿cómo se explica que los dirigentes políticos beban exclusivamente de la fuente neoclásica a pesar de que existen muchas más a las que acudir?

La resiliencia de esta idea se basa, en gran medida, en sus pretensiones científicas. Se aplicaría igualmente a la economía, a la física o a las matemáticas. Pero no suele ocurrir que un físico increpe a los átomos que se niegan a seguir las trayectorias calculadas previamente en el laboratorio. Los neoclásicos, al igual que los niños pequeños se enfadan cuando no logran encajar una esfera en un orificio triangular, a menudo pierden la paciencia frente a las economías demasiado “impuras” que no se ajustan a sus modelos teóricos.

En efecto, los debates existen y son especialmente agitados en cuanto se limitan a textos confidenciales y se formulan a través de ecuaciones enigmáticas. En lo que respecta a las políticas públicas, los militantes neoliberales han logrado conquistar los gabinetes ministeriales y la cúpula de las instituciones financieras internacionales desde finales de los años 1970 (en algunos casos regresando más tarde para asesorar a las multinacionales y a los bancos, como el expresidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, que ahora se encuentra al servicio del banco de inversiones Goldman Sachs). Su modelo, infalsificable, nunca falla –un privilegio que garantiza una legitimidad confortable–. Le corresponde a la realidad adaptarse.

Esta deriva queda perfectamente ilustrada en la “teoría de las expectativas racionales”. Dicha tesis, que se popularizó en los años 1980, retomó (y radicalizó) la posición del monetarista Milton Friedman (1912-2006). Este había impuesto la idea de que las decisiones de los bancos centrales de inyectar liquidez –para reactivar la economía, por ejemplo– equivalían a dispararse en el pie. ¿Por qué? Porque “poner en marcha la máquina de hacer billetes” provoca una inflación percibida rápidamente por las empresas y por los hogares, que, lejos de ser ingenuos, se apretarían el cinturón. Los herederos de Friedman, al reforzar la fe del maestro en la eficiencia de los mercados, postularon que toda política pública (de regulación, de control de la coyuntura, etc.) se vería desbaratada al instante por los agentes económicos, los cuales están supuestamente tan bien informados como los economistas que los estudian. Una conclusión estratégica del muy optimista padre de esta teoría, Robert Lucas: era necesario desregular cada vez más los mercados financieros. Al considerar que sus advertencias habían sido escuchadas, Lucas declaraba en el año 2003 ante la American Economic Association que el problema de las depresiones económicas estaba “resuelto, y por muchos años más”. Cuatro años más tarde estallaba la crisis financiera mundial más grave desde 1929…

 

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En medio de la tempestad, el dogma neoliberal se parece a veces al junco de la fábula de Jean de la Fontaine: cuando este se dobla, los “expertos” adaptan sus convicciones. Cuando el euro estaba en peligro, el Banco Central Europeo (BCE) levantó el tabú monetarista con el que se regía, comprando masivamente obligaciones del Estado de las economías de la zona euro. Unos meses antes, esta idea habría estremecido a los grandes tesoreros europeos, puesto que era considerada como una incitación a la negligencia y al aumento del gasto público.

Si el BCE, una institución más política que técnica, se despojó tan fácilmente de sus incómodos dogmas, es porque había que salvar lo esencial: mantener los asuntos económicos al abrigo de una democracia juzgada como demasiado versátil. Todas las variantes neoliberales, ya se trate del monetarismo de origen estadounidense o del ordoliberalismo de filiación alemana y más allá de sus matices, llevaron adelante este proyecto con éxito. La jerga económica (que contiene una gran cantidad de eufemismos) habla de la “credibilidad” de las políticas económicas. Es decir: los representantes electos renuncian a su poder de decisión en aras de las reglas preestablecidas como, por ejemplo, los tratados europeos. Se autoriza a los capitales a instalarse en un país y desestabilizarlo, para más tarde maltratarlo aún más al abandonarlo. Actualmente, a la libertad de la que gozan responde la cortapisa aplicada a la democracia: un corpus jurídico casi intocable, cuyos fundamentos teóricos sorprenden a veces por su laxitud. Así, un extraño techo limita los déficits públicos en el 3% del producto interior bruto (PIB) dentro de la zona euro.

 

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Y si la pócima del Fondo Monetario Internacional (FMI) no dio los resultados esperados en Grecia, es debido a que Atenas se ha mostrado demasiado timorata, tal y como lo sugirió la directora del FMI, Christine Lagarde, quien se niega a ver los cambios de rumbo que toma el departamento de investigación de su propia institución: “Una de las razones por las cuales el programa griego ha sido menos exitoso [que el de Letonia o el de Irlanda] es porque los sucesivos Gobiernos han opuesto resistencia” (1).

Pero mal que le pese a Lagarde, nadie tiene la obligación de aceptar la docilidad. No obstante, para conseguir el advenimiento de otro mundo es necesario realizar un doble esfuerzo: lograr liberarse de las leyes dictadas por los que dominan y volver a incluir el condicionante económico en la reflexión estratégica. La única ambición de nuestro Atlas de economía crítica es contribuir a este proyecto.

En este atlas se explica qué es una crisis financiera, cómo funciona el chantaje con la deuda, cómo crean dinero los bancos o por qué Brasil ha sido golpeado recientemente por los inversores. Pero también se descubre cómo fue inventada la tarjeta de crédito, que antes se intercambiaban otras cosas distintas del dinero, que las revistas científicas a veces se interesan más por banalidades que por la relación entre financiarización y desempleo, que el economista liberal Friedrich Hayek quizás leyó a Lenin y los patronos, a Karl Marx…

 

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La batalla ideológica empieza en el sistema educativo. En un contexto de militancia patronal, el marco neoclásico y la celebración del libre comercio han ocupado un cómodo lugar en la forma de explicar la economía, tanto a estudiantes de secundaria como a universitarios. Por ejemplo, en junio de 2016, tras la decisión del Ministerio de Educación Nacional francés de que la enseñanza de la sacrosanta “ley de la oferta y la demanda” pasaría a ser opcional en el primer año del segundo ciclo de la enseñanza secundaria, la principal patronal francesa, Movimiento de Empresas de Francia (MEDEF), condenó el “proyecto de pauperización de los programas” que “contradice totalmente el loable discurso de la [entonces] ministra a favor de un acercamiento entre la escuela y las empresas”. Según recomendó el vicepresidente de la organización patronal, Thibault Lanxade, “debe hacerse, por el contrario, todo lo posible por infundir cuanto antes una mentalidad emprendedora y el gusto por el emprendimiento a través de una enseñanza que se ajuste a la realidad cotidiana de las empresas” (2).

Aunque los docentes destacan en la materia por su tendencia a resistir frente a las consignas patronales, no son ellos quienes redactan los programas escolares. Efectivamente, no son un guion que hay que seguir al pie de la letra. Afortunadamente, los docentes siguen contando con la libertad de aportar mayor claridad a las cuestiones abordadas. Pero, ¿es suficiente con disponer de simples márgenes de maniobra para lograr la ambición, que muchos de ellos persiguen, de emancipar las mentes? La perspectiva es cada vez menos alentadora, ya que dichos márgenes de actuación van disminuyendo: a finales de 2014, el Gobierno francés se comprometió con la Asociación Francesa de Economía Política (AFEP) a crear un departamento de “Instituciones, economía, territorio y sociedad” que pudiera reunir a los profesores universitarios heterodoxos. Pero decidió retractarse tras la ofensiva por parte de los neoliberales, entre los cuales figuraba Jean Tirole. Para este francés, galardonado con el “Premio Nobel” de Economía, aquella medida –“catastrófica”– habría fomentado “el relativismo del conocimiento, antesala del oscurantismo”.

Hemos reunido a algunos de los mejores especialistas en economía –investigadores, profesores universitarios y de enseñanza secundaria, periodistas– para ofrecer una nueva perspectiva con respecto a los programas de los últimos años de la enseñanza secundaria francesa (y extrapolable a la de otros países como España o Italia) y darles nuestro propio tratamiento con cuatro objetivos: deconstruir las ideas establecidas que instilan en las mentes la fatalidad neoclásica; aportar un enfoque histórico e internacional, muchas veces ausente en los planes de estudios; introducir los análisis de escuelas de pensamiento que han sido apartadas de las universidades y privadas de acceso a los medios de comunicación; despejar el horizonte recordando que nada es irreversible.

 

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Liberarse de las obligaciones prescritas por los neoclásicos no implica ignorar aquellas relacionadas con el funcionamiento del mundo. Entre los dogmas y la ignorancia, el atlas que proponemos invita a volver a poner la economía al servicio de la sociedad. Porque no basta con desear que el mundo cambie para lograr cambiarlo: aunque la economía neoclásica pretende reinventar las leyes de la aritmética, estas se imponen al poder político, incluso cuando pretende “cambiar la vida”. ¿Cómo puede comprenderse el caos económico venezolano sin evocar el fenómeno de la “enfermedad holandesa”? ¿Cómo evaluar el fracaso del plan de reactivación impulsado por François Mitterrand en 1981 sin considerar la competencia extranjera? ¿Basta realmente con denunciar la deuda como una herencia neoliberal para lograr manejar el peso que representa? A veces, intentar liberarse del mercado mediante la planificación lleva a embarazosos errores como, por ejemplo, una producción exclusiva de zapatos para el pie izquierdo.

El intelectual británico Ralph Miliband destacaba en 1979 que “los Gobiernos de izquierdas (...) llegan generalmente al poder en circunstancias de crisis económica y financiera grave” (3). En un contexto como este, la tenacidad del apoyo al nuevo poder resulta decisiva. Para ello, no sería nada perjudicial comprender mejor el carácter político y social de la economía. Así pues, esperamos que nuestro atlas circule igualmente fuera de las aulas.

 

Puede encontrar esta publicación en su kiosco habitual y en librerías. También en nuestra librería en internet: http://www.mondiplo.net/ATECO o llamando a nuestra redacción: +34 963914990

 

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Contenidos

Doscientas páginas ilustradas para comprender los conceptos fundamentales y aclarar las cuestiones candentes de nuestra época.

·Textos cortos y simples, infografías, imágenes a contracorriente para arrojar luz sobre el funcionamiento de la economía. ¿Cómo se evalúa, financia, produce, reparte, redistribuye e intercambia la riqueza? ¿De dónde proviene la deuda? ¿Cómo luchar contra el desempleo?

·Cada uno de los diez capítulos incluye: el desmontaje de una idea establecida; una infografía que explica un mecanismo económico o que hace descubrir una cronología olvidada; una sección “en otro tiempo, en otro lugar” que muestra lo que la economía fue en el pasado o cómo funciona en otras sociedades; una perspectiva de otros modelos económicos posibles y de utopías concretas.

·Las locuras del pensamiento económico estándar: ¿cómo elegir científicamente a tu pareja, “titulizar” las tortugas, especular sobre los ciclones, convertir a los niños en “bienes de consumo permanentes”? Una galería de retratos de estafadores de Wall Street.

·Una iconografía inesperada: fotorreportajes, cómics y obras de arte abordan el tema de la economía a través de caminos escarpados.

·Doce páginas de glosario para explicar palabras que han pasado al lenguaje mediático sin que comprendamos aún su significado, sus fundamentos o sus aspectos implícitos: “balanza comercial”, “liquidez”, “monetarismo”, “PIB”...

 

 

 


 

(1) Le Monde, París, 5 de julio de 2016.

(2) “Programme d’économie de seconde: halte à la braderie!”, comunicado de prensa del Movimiento de Empresas de Francia (MEDEF), París, 30 de junio de 2016.

(3) Ralph Miliband, El Estado en la sociedad capitalista, Siglo XXI, Ciudad de México, 1991.